El istmo: Ruta de salvación

  • Situación de El Salvador obliga a ciudadanos a salir del país. 

El sueño de muchas personas por cambiar el ambiente que las rodea, suele terminar en decisiones arriesgadas, que muchas veces conllevan la pérdida de no solo la cercanía con sus familiares si no, el perderlo todo y empezar de cero.

La historia de Maritza López, como muchas otras inmigrantes provenientes de El Salvador suele ser relatada a través de los ojos de una humilde estudiante, que empujada por los maras, las decisiones políticas y económicas conflictivas de su país, no le dejaron más opción que cruzar tres países hasta llegar al que para ella, era la tierra de salvación del istmo; Costa Rica. 

“Me parecía un lugar muy alejado, de selva, donde el turismo era de gringos y se ganaba bien” 

Maritza comenta que en El Salvador, sólo existen dos clases sociales, los pobres y la gente rica, si se es rico es porque se peleó en el tiempo de la guerra por una empresa, lo cual no era su caso, pues ella al contrario, a su corta edad enfrentó situaciones que no la dejaron desarrollarse económicamente como se esperaba. 

Ella relata, que entre 1995 y 1999 la guerra estaba aplacada, al menos eso se suponía mientras que las maras como Barrio 18, ya estaban aflorando pero no como ahora, apenas estaban reclutando gente que eran todos los huérfanos que había dejado la guerra. 

Esto entusiasmó a la joven de sólo 16 años para viajar hasta una zona que estaba siendo recientemente impactada por los conflictos armados, la capital; San Salvador.

Su sueño por cambiar la realidad de la que había sido testiga por más de 15 años, llevó a que después de hablar en una estación de Tica Bus, la dejaran viajar siendo menor y que además le validaran el permiso de viaje que debía ser firmado por sus padres, pero que ella misma firmó. Al final, logró que le cobraran un precio de 60 dólares con los que  iniciaría un viaje de transbordos por tierra, que duraría poco más de dos días. 

Infografía por: Mario Leitón.

Lo único que necesitó para viajar fue un pequeño bolso con ropa, una maletita verde y la convicción de emprender un viaje lleno de cosas inciertas, empezar de cero y vivir una aventura la cual, de la mano de su tía quién no le garantizaba un futuro más próspero esperaba trazar un camino diferente y que esta vez, la suerte estuviera de su lado. 

En el trayecto hacia Costa Rica la comida y el lugar para pasar la noche eran las principales necesidades, sin embargo, Maritza no tenía dinero para cubrir ninguna de estas dos, por lo que debía dormir en el bus y sacar fuerzas de donde no tenía, ya que nadie le daba comida. 

Para pasar las fronteras, no bastó más que su acta de nacimiento hasta llegar a Costa Rica, donde tuvo que entrar a pie por no tener la mayoría de edad, las preguntas frecuentes hechas en las fronteras no fueron impedimento y como ella misma lo relata “no tuve ningún pero y entré”, una vez en San José, su tía la esperó con su esposo, alrededor de las cuatro de la mañana. 

“No venía asustada por el viaje, sino por la reacción de mi mamá al darse cuenta que no estaba, le dejé una carta donde le expliqué todo” 

La mayoría de salvadoreños en aquella época, seguían el sueño americano pero Maritza era diferente y decidió ver hacia Costa Rica. 

Su tía le prometió trabajo, limpiando casas y como administradora de una pulpería de la misma, en Guápiles, sin embargo poco duró Maritza en aquellas labores ya que al mes, le comunicaron que no podían seguir brindándole la ayuda que le habían prometido, todo esto de la mano del miedo del trabajo infantil. 

De la misma forma que llegó a Costa Rica con su bolso, un poco de comida y su maleta verde tomó un nuevo rumbo. Sin dinero, sin un lugar en donde pasar la noche y sin trabajo, aún se mantenía enfocada en lo que quería pero su mayor miedo era estar indocumentada. 

Su primera noche fue frente a un lote baldío frente a una parada de bus, cuidando lo más preciado que tenía hasta ese momento, su maleta. En un país que no conocía y sin tener claro que iba a pasar. 

Tres días después de estar vagando frente a la parada apareció don Rubén, un chofer de la empresa que al momento de verla le preguntó ¿Está borracha? ¿Dónde vive usted? “Yo la puedo llevar a su casa” Al escuchar esto, Maritza se soltó en llanto ya que no tenía donde quedarse y don Rubén guardó su bus inmediatamente para extenderle su ayuda o fue lo que pensó ella, pues pasaba el tiempo y no llegaba. 

Costos al efectuar el viaje. Infografía por: Mario Leitón.

Alrededor de dos horas después en un carro blanco llegó don Rubén el que le dio su cédula  y un celular y le dijo “No tenga miedo, yo le quiero ayudar”, el mismo la llevaba donde una amiga que le iba a dar un espacio donde dormir, él quería que estuviese bien. 

San Pedro sería el lugar en donde se hospedaría, “Cuando llegamos al lugar él se bajó del carro a hablar con una estadounidense, ella era la dueña del lugar. Él me dijo que no me bajara y comenzó a señalar el carro, ella solo se tapó la cara y miró al cielo” 

Posterior a esto don Rubén le dijo que se bajara del vehículo y preguntó si quería hacer una llamada, no la hizo porque no tenía a quién llamar. Don Rubén le explicó que el lugar donde se iba a hospedar era un sitio solo de mujeres, tres días después de no comer al fin pudo satisfacer su hambre y comió pan casero. 

Luego de haber comido, la dueña del lugar le comunicó que no tenía espacio para ella, pero que que se podía quedar en el sillón mientras encontraba un lugar. A la mañana siguiente, se levantó con la convicción de encontrar trabajo. 

Tras caminar y caminar por la capital surgió una oportunidad, habían muchos hombres apilando cajas, Maritza se acercó al jefe y preguntó si había trabajo, sin embargo le dijeron que no, ya que era una niña de solo 16 años y este era un trabajo para hombres. 

Maritza suplicó por el empleo y les contó que necesitaba el trabajo, fue tanta la insistencia que accedieron a darle el empleo. Todas las mañanas llegaba a amarrar el cartón, aún sin paga pues el pago era a la semana. 

“A la semana de estar trabajando, solo estaba yo con un muchacho, no con el que me pagaba y llegó una señora y me jaló de la camisa, era doña Arilí López, la dueña de Roca Bruja y socia de Arenas, se me quedó mirando y me dijo ¿Qué es lo que hace usted? ¿Quién le dio permiso? yo le dije que nadie, que estaba ayudando para ver si me podían dar algo.

Me preguntó ¿De dónde sos? Le dije que de El Salvador y me dijo que la siguiera muy molesta, sacó unas bolsas de unos portafolios y me dijo que lo agarrara y la siguiera, yo obedecí comencé a caminar y yo llegué hasta la oficina de ella, me miró y me dijo sentáte vamos hablar, me empezó a preguntar cosas y yo le conté todo, pensó en llamar la policía, pero no, me brincó toda su ayuda de ahí en adelante”                

“En 1999 salió la noticia para tramitar la amnistía, ya yo estaba trabajando, a cambio de eso Arilí me daba un cuarto para dormir, le comenté de la noticia que había sacado el gobierno sobre la amnistía y fuimos a la embajada, yo solo tenía los papeles que traía desde El Salvador, por dicha, todo salió bien y me dieron la nacionalidad a nombre de María López De González.”

La historia de Maritza se repite en muchos inmigrantes que buscan mejorar su calidad de vida, y darle a su familia un apoyo económico mayor. Maritza, comentó como último detalle que luego de esto la suerte le sonreiría y lograría trabajar en varios restaurantes para luego, invitar a su familia salvadoreña a venir a suelo tico y así, construir un sueño con sus raíces, en la esquina del parque central de San Isidro de Coronado, un sueño que bautizaron como lo sucedido en su vida; Pupusas Milagro.

Hoy en día es un hecho ver en la esquina del parque de San Isidro de Coronado, Pupusas El Milagro.

Elaborado por

Jose Andrés Hernández Solano- Mario Leeans Leitón Romero

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