• El mismo día en que cayeron las torres, 24 años antes fue derrocado el presidente chileno Salvador Allende, en una acción militar que acabó con la vida de más de tres mil personas y dio paso a una de las más terribles dictaduras en América Latina.

Era la madrugada del martes 11 de septiembre de 1973 cuando las Fuerzas Armadas tomaron Valparaíso. Al darse cuenta de ello, el prefecto de la ciudad, Luis Gutiérrez, realiza una llamada por la única línea telefónica que aún funcionaba en el puerto, la suya propia. Al otro lado del teléfono, el general Jorge Urrutia es avisado de que la infantería marina está en las calles tomando posición de combate, la joya del Pacífico ya empezaba a sangrar.

Urrutia llama al compañero presidente, el socialista Salvador Allende, y le informa sobre los hechos. Allende, con temple sosegado, intenta llamar a César Augusto Pinochet, su comandante en jefe, quien meses antes había permanecido leal a su causa en la rebelión del Tanquetazo (el primer intento golpista contra el gobierno) sin embargo, contactarlo resulta imposible. “Pobre Pinochet, debe estar preso” exclama Allende.

A las 7:20, Salvador Allende enfila hacia el Palacio de La Moneda, la sede presidencial en Santiago. A su automóvil Fiat 125, en el que carga la AK-47 que le había regalado Fidel Castro, lo sigue su guardia personal.

Minutos después de su llegada, emite el primer mensaje del día, en el que advierte al pueblo chileno sobre una sublevación de un sector de la marina, sin embargo, no llama a las armas ni a generar violencia, solo aconseja prudencia, pues como más tarde diría en su último discurso: “el pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse”.

La respuesta de los militares sublevados se da a las 8:42, en la cual, la voz del teniente coronel Roberto Guillard ordena la entrega del poder, con plazo hasta las 11 de la mañana, a la “Junta de Gobierno”, la cual recibiría el cargo en las manos de aquel a quien Allende creía leal, el general Pinochet.

Salvador Allende con casco y fusil AK-47 (en su mano derecha) mientras era bombardeado el Palacio de La Moneda.

En la misma proclama, los militares justificaban su accionar teniendo en cuenta “la gravísima crisis económica, social y moral” que acosaba al país y la “incapacidad del Gobierno para adoptar medidas” que detuvieran este proceso.

La tensión crece en cada minuto hasta que a las 10:15, a través de Radio Magallanes, que aún no había sido silenciada, se escucha el último mensaje que Allende emite a Chile y al mundo: “Quizá sea esta la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes” comienza el discurso con la muerte al pie de página.

En su alocución, Allende agradeció la lealtad que le tuvo la clase trabajadora por la que ascendió al poder, y afirmó que su salida se debe, ante todo, al clima creado por el “capital foráneo y el imperialismo” para que las Fuerzas Armadas rompieran su juramento.

Efectivamente, el gobierno de los Estados Unidos, dirigido entonces por el presidente Richard Nixon, influyó en grupos opositores al gobierno de Allende y financió la realización del golpe de Estado, siendo este el principal antecedente para la posterior consolidación del Plan Cóndor, coordinación entre Estados Unidos y países de América del Sur para suprimir sectores políticos de izquierda, en cuya ejecución se incluyeron torturas y asesinatos. Este plan es históricamente atribuido al secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger, quien en 1973 había recibido el Premio Nobel de Paz.

Y fue entonces cuando, alrededor del mediodía, las Fuerzas Armadas chilenas abrieron fuego contra el Palacio de La Moneda, dentro del cual, tras algunas horas asedio, Allende se disparó en la barbilla con el fusil que le regaló Fidel, según confirma la mayor parte de la historia.

“Misión cumplida. Moneda tomada, presidente muerto” comunicó por radio el general Javier Palacios cuando entró a donde yacía Allende. A las 2:38 de la tarde, Pinochet es informado del suceso, se lo dicen en inglés, por la posibilidad de interferencia. “They said that Allende commited suicide and is dead now” (Dicen que Allende se suicidó y ahora está muerto).

A las seis de la tarde se reunieron los cuatro comandantes supremos de las Fuerzas Armadas, eran ahora la nueva Junta Militar al poder del país, la Unidad Popular y su presidente habían muerto, e iniciaban los 16 años y medio de dictadura en Chile.

Cesar Augusto Pinochet, aquel que juró lealtad, ahora tomaba el poder con las manos manchadas de traición, la figura de un general que luego se degeneró en la de un dictador corrupto y genocida.

3.196 personas murieron ese día debido a la violencia según el informe Rettig (1991). Este es el rostro latino del 11 de septiembre, el mismo día en que cayeron las torres 24 años después, sin duda, una fecha que ha marcado profundamente al continente americano.

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